Agobiada de escarcha,
la encanecida hierba,
aguarda que su verde
el sol rejuvenezca
como del astro insigne
el limonero espera,
que a cada fruto suyo
su lagrimón desprenda.
Y en tanto que la parra,
reminiscente y tétrica,
entume su esqueleto
enracimando estrellas,
yo sorbo en la cocina,
del mate su entereza,
dibujo un corazón
con iniciales nuestras
al vidrio que esmerila
el vaho de la caldera,
y a su través distingo,
sobre el marco, en hilera:
cuatro caracolitos
de estática firmeza,
cual guardia con coraza
que acantonó la tierra.
Y así, mientras describo
a metáfora y letra
mi mañana de Junio
en presunto poema,
se truena los nudillos
frenética la leña,
y artificioso el fuego,
la mima y la sosiega.
Desabotona el techo
su acuosa capa gélida,
y azota el cielorraso,
cada botón que suelta.
Alguien golpea las manos,
(visita tempranera)
y cae mi última rima;
desnuda gota huérfana.
©Juan Oriental
miércoles, 8 de abril de 2009
viernes, 3 de abril de 2009
Anhelo paria
¿Cuántas evasivas hacen ya,
que en espera de tu atención a mi sentimiento,
mi anhelo pernocta en el umbral de tu corazón?
¿Llevas tú la cuenta? ¿No? Te lo digo:
Intercalados con algún esfuerzo de ternura extra
o clemencia tuya, hacen exactamente:
doce dolores de cabeza, veintidós cansancios,
dieciocho prisas, catorce discusiones y siete
desintereses míos (por orgullo y estrategia).
Todo suma en total: ciento cuarenta y seis pretextos
hipocresía con hipocresía y espalda con espalda,
por los cuales, melancólico mi anhelo, se arrebuja
a la vera de tu desgano, en umbrío rincón
del umbral de tu corazón, y, sumiso, allí dormita
sin atreverse a llamar, por dos temibles razones:
miedo a comprobar su hermetismo definitivo
o que tras canceles haya alguien más. Si así fuese,
¿por qué no sales de tu especulación, increpas
mi tedioso anhelo, y así, desengañado éste, lo echas
como a un paria? Mira que aquí afuera el destino
está enfriando y antes de tu primer cita formal,
mi sentimiento debe hallar refugio lejos
de tu peor desdén. ¿O me quedo a recibir limosna?...
¡Vamos! Libérate, libérame, o ámame cuan “único soy”,
-tus palabras de fuego de un candente ayer-.
que en espera de tu atención a mi sentimiento,
mi anhelo pernocta en el umbral de tu corazón?
¿Llevas tú la cuenta? ¿No? Te lo digo:
Intercalados con algún esfuerzo de ternura extra
o clemencia tuya, hacen exactamente:
doce dolores de cabeza, veintidós cansancios,
dieciocho prisas, catorce discusiones y siete
desintereses míos (por orgullo y estrategia).
Todo suma en total: ciento cuarenta y seis pretextos
hipocresía con hipocresía y espalda con espalda,
por los cuales, melancólico mi anhelo, se arrebuja
a la vera de tu desgano, en umbrío rincón
del umbral de tu corazón, y, sumiso, allí dormita
sin atreverse a llamar, por dos temibles razones:
miedo a comprobar su hermetismo definitivo
o que tras canceles haya alguien más. Si así fuese,
¿por qué no sales de tu especulación, increpas
mi tedioso anhelo, y así, desengañado éste, lo echas
como a un paria? Mira que aquí afuera el destino
está enfriando y antes de tu primer cita formal,
mi sentimiento debe hallar refugio lejos
de tu peor desdén. ¿O me quedo a recibir limosna?...
¡Vamos! Libérate, libérame, o ámame cuan “único soy”,
-tus palabras de fuego de un candente ayer-.
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